octubre 15, 2016

Madrugada (Adiós 3)

Por Abraham Ramírez



Martha continuó con la rutina, como si nada hubiera sucedido.  Desde que Dante Rodríguez, su padre, había sido diagnosticado con cáncer en la sangre; ella, la única de cinco hermanos que se preocupaba realmente por el viejo, había dedicado todo su tiempo y cariño a atenderlo y cuidarlo con la paciencia y el amor más esmerados.  Ahora, que su padre había muerto, visitaba la tumba casi a diario, como buscando algo perdido, como si su trabajo no hubiera cesado, como si sólo hubiera cambiado de sede al panteón del pueblo.  Desayunaba con lentitud, recordando el consejo diario de su padre de que no era saludable comer con prisa, incluso imitaba el ademán de su mano extendida moviéndose de arriba a abajo con lentitud, e inmediatamente después lloraba.  Cada mañana arreglaba un poco la casa, que en realidad siempre estaba limpia y sin desorden, y montaba la antigua bicicleta tipo lechero de su padre para ir a dejar flores nuevas a la tumba.

     Pasó así los siguientes meses.  Se aisló fácilmente de sus hermanos, porque ellos no la buscaban mucho, y ser ella la que decidiera no llamarlos más, facilitó todo.  La poca gente con la que hablaba eran los dependientes de la tienda, la tortillería, la farmacia, la panadería y uno que otro vendedor ambulante. Al décimo mes, sus recursos se estaban terminando.  Los ahorros que dejó papá ya no alcanzarían para mucho tiempo más.  Esta problemática llevó a Martha a intentar conseguir un trabajo, cercano a casa, que le permitiera seguir yendo por las mañanas o por las tardes a llevar sus ramitos; que ya eran hechos por ella, bien abundantes, de flores silvestres multicolores que recogía por el camino.  Conseguir un trabajo era mucho más duro de lo que creyó.  Todos los empleos disponibles y para los que estaba calificada con su 'bachillerato técnico terminado' estaban muy mal pagados y la obligarían a trabajar desde temprano y salir después de las 6 o 7 de la tarde, lo que le impediría asistir a diario a la tumba, debido al estricto horario del panteón.  Decidió dejar en espera eso de trabajar.

     Poco a poquito, los días se hicieron más cortos y las noches más largas, y cuando el dinero ya no alcanzó ni para un kilo de tortillas, Martha comenzó a rematar todas sus pertenencias; vestidos, zapatos, la cámara que le regalaron cuando cumplió 15 años y algunos muebles de la casa, en ventas domingueras en el patio, siempre frente a la mirada indignada de los viejos vecinos que habían conocido al señor Dante.  Así iba sobrellevando sus gastos, de comida al menos.  Los servicios, como la luz, el gas y el teléfono, ya tenía mucho tiempo sin pagarlos y por lo mismo sin usarlos, porque estaban suspendidos.  Poco a poco, debido a que su alimentación era muy escueta,  Martha fue adelgazando y su salud decaía y se volvía frágil.  Se tardaba más tiempo en el viaje de la casa al panteón y del panteón a la casa.

     Una tarde fría y oscura de octubre, cuando soplaba ya el airecito congelado tan característico de la época de muertos, recibió la visita de su hermana Heréndira.  Era la segunda hija, mayor que Martha por 15 años.  Cuando esta notó la falta de algunos muebles de la casa, y la oscuridad y miserias con las que su hermana vivía, se indignó.  Regañó a Martha sin descanso durante los largos 14 minutos que duró su visita.  Ni siquiera notó la severa desnutrición de Martha.  Cuando el claxon de la camioneta que la esperaba sonó, Heréndira le dio un beso de porquería a su hermana y salió de la casa soltando una muy sentida flor para su hermanita menor: 'Papá se volvería a morir si viera como tienes su -pinchi- casa pendeja'.  Martha la vio marcharse manoteando y quejándose por  el patio oscuro, desde la ventana de la cocina.  A la mañana siguiente tomó la más importante y sentida decisión y por la tarde, en una maleta rota de tirante, metió unas cuantas cobijas, una sombrilla, una lámpara sin pilas, unas botas viejas, una lata de atún, una botella de agua y, con mucho cuidado, el retrato de Don Dante.  Al cruzar el umbral de la puerta se volteó a mirar su casa y suspiró con añoranza.  Cerró la puerta con cuidado y montó la bicicleta hacia el panteón.  Fue un trayecto lento y muy cansado, en contra del viento y el helado peso que cargaba en su pecho flaco y solitario.  Cuando llegó, se tiró en el césped, puso el ramito de flores acostumbrado en el florero de piedra, se acurrucó abrazando el retrato de su querido 'papito' y se tapó completita con el par de cobijas.  Esa noche fue la más fría de todo el año.  La hermosa Martha ni siquiera lo notó, porque una vez cerrados sus ojitos, nunca más volvieron a abrirse.




octubre 13, 2016

Sueños. (Adiós 2)

Por Abraham Ramírez



Estabas acurrucada en mi pecho, y yo acariciaba tu cabello en completa paz.  Después de que te voltearas y tocaras mi cara con tu manita derecha, vi tus ojos color miel sonriéndome y desperté.

     Algunas noches he tenido sueños así.  Algunas no; algunas eres cruel y me desprecias, me odias, me haces daño con plena consciencia, y te da gusto verme revolcar de dolor y quedarme sin palabras.  Te fuiste desde hace mucho.  Desde entonces he soñado contigo, diariamente, sin falta, sin escape.  Después de soñarte despierto agitado, emocionado y en paz (hermosa paradoja) si el sueño es bonito; y perturbado de muerte si en mi noche tú viniste sólo a terminar con mi tranquilidad, y a hacerme cosas impensables para ver mi llanto.

     El psicólogo me dijo que debo dejarte ir, incluso me ha dado técnicas para terminar con 'mi enfermiza dependencia de ti y de tu recuerdo incesante y pesado'.  Créeme, he hecho todo lo que me dice, pero aunque he logrado avances cuando estoy despierto y parece que ya no voy a acordarme más, en cuanto me acuesto y comienzo a soñar, apareces entre la reciente oscuridad, como el vapor de una taza de café, y todo el escenario se forma y se pinta en torno a ti, tú eres la protagonista de todo lo que sucede en mi absolutamente adormecido cerebro.

     Esta noche, cuando duerma, quisiera tener la seguridad de que cuando llegues, podremos viajar juntos a algún lugar que no hayamos visto nunca, y que el encanto de descubrirlo juntos, nos llevará a sabernos mejor así, a sentir que el mundo gira porque nosotros lo decidimos y no porque debe hacerlo.

     He llegado a la conclusión de que Dios me manda los sueños contigo, buenos y malos, para que pueda llenar los vacíos que dejaste con tu partida, para que me siga construyendo nuestra historia y no te olvide, porque quizás pronto estaré yo también contigo y con él, y no quiere que al verte, haya perdido el temblor perfecto y saludable que siempre me ha provocado tu amorosa e imprevisible presencia.