diciembre 27, 2011

Labios de acuarela.

Por Abraham Ramírez


Ninguna palabra que digas me hará quererte menos.
Me has atrapado; no quiero alejarme ni perderme en mí mismo siquiera.
Cada mensaje visual, audible, palpable, perfumado,
gustable o intumescente que mandas me vuelve monocromático...
todo lo respiro de tu color.

Tu piel, aromática y fría, me es tan deseable que me deshago cuando la percibo,
sólo pienso en olerla, en probarla;
con los ojos, con las manos, con la lengua, con la conciencia y con los sueños.
No sé por qué me necesitas cuadrafónico,
si sentirte de seis formas me ha gustado de este modo,
tan inesperado pero tan agradable.

Tú.  Tú.
Me miro desde afuera con la cara tan perdida y los ojos de conejo.
Nunca me había visto así.
Siento que mi sangre se cuaja, se vuelve gelatina de grosella y anís cuando te acercas tanto.
Me sonríes, me hablas, me besas, me desnudas... me desarmas.
Y no, no es que yo ande armado por el mundo;
pero debiera desde ahora que me has dejado tan vulnerable a todo.

Sueño que me llevas a lugares desconocidos y épicos,
llenos de color, de luz, de aromas, de texturas,
pero sobre todo llenos de ti; de ti y de música.
Tú eres música.
Eres el clímax de una sinfonía, cuando los violines gritan como ninfas y sirenas,
los cornos exhalan, los timbales revientan y retiñe el címbalo emocionado despidiendo notas áureas;
eres el piano solista que me hace pensar, que me estremece, que me eriza la piel y me roba una lágrima;
eres la voz de la mar que acaricia con palabras y embellece mi tarde y mi noche;
y me emociona para esperar cansado al amanecer.

Tú, labios de acuarela; que destiño con mis besos húmedos
y me manchan de magenta y perfume;
has cambiado mis formas y mis líneas.
Reviento contigo, me voy, me pierdo y me regreso fortalecido para amarte.
Gracias por las líneas que te escribo y porque sé que igual, que yo a ti; me vives tú.





diciembre 10, 2011

Esperabas

Por Abraham Ramírez


Estabas esperándome, pero no te ocultabas
sonreías mientras yo me perdía en lágrimas, en placeres, en nada...
pasaba de largo sin mirarte, sin percibirte, pero tú esperabas.  Esperabas y sonreías.

Una noche no pude más con el pesado yugo de mis malas elecciones,
caí, me postré, me hundí... me levanté, me desplomé de nuevo y me despojé...
de mí, de todo... del pasado, pero sobre todo del presente,
ansioso por un oído interesado.
Por una mano cariñosa, o a caso sanadora.

Tú, tú seguías esperando.  Y sonreías.

Yo te vi.  Cansado de encontrar sólo orejas estériles me acerqué,
porque tú sonreías, y creí, en mi necesitada conciencia,
que tu sonrisa era atractiva.
Tú, me tocaste la espalda, me sonreíste, me miraste con ternura, como si me amaras.

¿Podías amarme sin siquiera conocerme?
¿O es que de tanto mirarme dar traspiés me conocías?
Me hablaste con paciencia inusual, por lo menos para mí.
Me contaste de ti, y aprendí poco a poco a saberte, y en consecuencia a quererte.
Cuán interesante eres.  Tu vida en nada se parece a la mía.
Tú eres la perfección, la virtud, el amor, la caridad; que no sé si son o no la misma cosa.
Me enseñaste a cantar, a respirar, a brincar, a respetar.  A vivir.
Tu sonrisa fue, poco a poco dibujándose en la mía, se fue repitiendo.

Contigo las lágrimas se hicieron llevaderas, porque salían de una conciencia liberada.
El temor decayó y la bondad se me hizo cotidiana.
 
Señor, si me alejo alguna vez de tu enseñanza, no me dejes, te suplico; repetirme.
No quiero ser, más nunca, sin tu abrazo; sin tu paz que libera y que redime.