diciembre 19, 2025

Crónicas de un cuarentón (Réquiem No.1: Caídas)

 Por Abraham Ramírez



A principios del 2016, mi matrimonio estaba herido, de una forma tan profunda, que ambos lo mirábamos de lejos desangrarse y ya no tuvimos ni fuerza, ni ganas, ni argumentos para querer seguir estirando su agonía.  Mi enfermedad era ya más notoria, y el estado crítico de mi familia propia y las vueltas y vueltas que daba todo el tiempo mi cabeza buscando formas de aceptar todo y tratar que al menos mis niños no salieran heridos, no dejaban que pudiera encontrar un momento de paz para entender lo que mi cuerpo quería decirme, casi a gritos y desgarros.  

     Mi papá llevaba ya varios años luchando contra el mieloma múltiple, pero a finales del 2015, su estado empeoró de golpe cuando, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, mientras ayudaba a mi mamá a cuidar a mi abuelita, un mosquito de dengue lo eligió, precisamente a él, para inocular su nociva carga de DENV.  Yo ya había visitado a un par de médicos internistas para que me dijeran qué era lo que me enfermaba, pero al no encontrar nada concreto para mi cansancio, adelgazamiento, dolor de músculos y de piel, taquicardia y ansiedad, se limitaban a invitarme a que hiciera más ejercicio y me recetaban vitaminas.  Era un decaimiento constante en todos los aspectos de mi vida y de verdad creí, que ese declive sería interminable.  

     En cierto modo, no estaba tan equivocado.  Sólo que ahora sé, que el estar en una caída constante es natural y no se debe buscar una solución, sólo aceptarlo y tratar de caer con gracia.   En ese año yo era aún muy lento para entender los designios divinos y me enojaba constantemente por mi incapacidad de aceptar las cosas graves y destructivas que me estaban sucediendo.  Ahora reconozco que mi falta de una más estricta autocrítica me hacía ver mi realidad como una mera víctima y me imposibilitaba aceptar que las emanantes y constantes situaciones adversas eran, muy a mi pesar, casi todas causadas por mí mismo.

     En marzo, debido a la severa neumonía que papá contrajo después de su caída precipitada de plaquetas por el dengue y la paliza que le suponían sus esquemas de quimioterapia, tuvimos que internarlo de nuevo, como en muchas otras ocasiones, para que se recuperara.  Casi siempre, después de dos o tres días de medicamentos y transfusiones, lo daban de alta y pasaba un tiempo en casa con mejor semblante, hasta que el cangrejo volvía a prensarlo y a dejarlo tan débil que había que repetirlo todo.  Ese día de marzo, sin embargo, todo fue diferente.  

     Mamá y yo acordamos qué día nos quedaríamos cada uno a cuidar a papá. Ella se quedó la primera noche y a mi me cedió la segunda.  Como todas las veces, él había firmado un documento que pedía al hospital no intubarlo en caso de que tuviera un paro respiratorio.  Constantemente nos decía que no tenía caso vivir así, que si llegaba su hora prefería descansar ya de todo, que por favor no permitiéramos que lo retuvieran en la agonía de manera indefinida.

     La noche del 17 me quedé con él.  Le costaba trabajo hablar por el estado de sus pulmones, así que no pudimos tener nuestras largas pláticas de hospital como las veces anteriores y mejor estuve leyéndole la Biblia un buen rato.  Elegí la carta que Pablo le escribió a los hebreos, donde explica claramente, la razón de que Jesús viniera y viviera como lo hizo, y como era claro que Él era el mesías prometido.  A lo largo de la noche, el sueño me tenía atrapado, al punto que me quedaba dormido por largos ratos y papá me despertaba como podía para pedirme algo: agua, el pato, lo que fuera; y yo, apenado me enderezaba y trataba de no volverme a dormir, pero de nuevo caía.  Se me hizo eterna la noche y ya quería que terminara para que dieran de alta a papá y regresáramos a casa.  Me sentía ya tan cansado y desesperado que una de tantas veces que papá me pidió algo lo regañé.  Cada vez que lo recuerdo se me quiebra el corazón y los ojos se me inundan.  "Ya papi, por fa déjame dormir"- le dije tontamente, seguramente con gesto de molestia, y él sólo movió las manos como para decirme: "Está bien hijo, ya no te pediré nada más".  De verdad no me pidió nada más.  Esa fue la última vez que le hablé y me escuchó. Me quedé dormido de nuevo, pero una angustia terrible me despertó de repente y fui a verlo, a tratar de escuchar su respiración, su corazón.  Nada, mi papito había muerto y lo último que le dije fue que por favor me dejara dormir.  Me sentía tan culpable y miserable que me costaba hablar, pero aún así tuve que explicarle al montón de médicos y practicantes que estaban de guardia y querían revivir a mi papá, que él no habría querido eso y les mostré el documento firmado por él, mientras me miraban incrédulos e indignados.  Aún así, tuve que llamar a mamá  y a mis hermanos y decirles, de la manera más suave, tranquila y clara posible, que habíamos perdido a papá.  Aún así tuve que empezar, junto a mi madre, una jornada casi eterna de trámites y trámites.  Aún así tuve que seguir viviendo.

Hoy, conociendo a papá, sé que me habría perdonado.  A mí me ha costado mucho perdonarme, aún tras entender que siempre intenté ser un hijo agradecido y presente y amoroso.  Que haya sido un hijo bueno o malo no puede decidirse por un solo error, aunque este haya sido el que cerrara todo, ¿o sí?.  

Mi enfermedad resultó ser una especie de mal autoinmune conocido como Graves-Basedow, que no se cura con ejercicio y vitaminas. 

En 2017 me tuvieron que dar yodo radiactivo, ahora tengo hipotiroidismo y sigo enfermo y sintiéndome mal, pero en formas distintas. Mis hijos sufrieron los estragos de la ruptura.

En 2018 por fin concluimos el eterno y horrible proceso de divorcio y mi ex por fin pudo ser feliz y se embarazó de otra persona.  Mis hijos sufrieron los estragos de la ruptura.  Yo encontré un nuevo amor.

En 2019 mi ojo derecho sufrió un accidente vascular y desde entonces lo tengo un poco chueco y también me extirparon la vesícula.  Mis hijos seguían sufriendo los estragos de la ruptura.

En 2020 me comprometí de nuevo, esta vez con una mejor conciencia de todo.  Mis hijos ya no sufrían tanto con la ruptura.

En 2021 fui papá de nuevo, de una hermosa bebé prematura, con una diagnóstico fatalista y desesperanzador, que sin embargo, porque Dios es así de incomprensible para mí,  hoy en día es una 'niña de cuatro años' plena y feliz. Su abuelito ya no la conoció ni vio que mis hijos crecían hermosos y ya no sufrían tanto los estragos de la ruptura. 

Y así, desde entonces, he seguido cayendo, pero ahora sé que caer no es el problema, porque en este mundo todo es imperfecto y propenso a la desgracia, y a veces, sin lógica, ya no caes solo, ya no caes triste, ya no caes desesperanzado, porque al fin y al cabo, la vida es una sucesión de etapas, que no pueden durar para siempre y no pueden siempre, ser malas.  



     



diciembre 14, 2025

Gabino (Parte 25)

Por Abraham Ramírez


La visita de Pedrito duró un par de semanas y debo reconocer que la convivencia con el pequeño Gabin me hizo sentir mucha paz.  Casi no hablaba español, pero sus ojos y su risa tan franca y clara expresaban todo.  Era un niño feliz y pleno, y Pedro; sin duda era un padre cariñoso y atento.  Margueritte, que curiosa y obviamente significa 'Margarita',  era un mujer muy seria y recatada, pero eso no le impedía ser amable y atenta con Pedro, con el niño y conmigo.  Los paseos al centro de la ciudad resultaban muy enriquecedores con ellos, y yo me permitía poner a un lado mi tristeza cada vez que Gabin me tomaba de la mano para que lo cargara y lo paseara por todos lados.  Lucrecia y Lucha nos acompañaron un par de veces, pero sus ocupaciones cotidianas no permitieron que disfrutaran tanto como yo a nuestros visitantes parisinos.  Juan salía a saludar cuando pasábamos cerca de 'Las quince letras' y Don Francisco, cada vez más viejecito, se llenaba de lágrimas al abrazar a Pedro y contarle a Margueritte lo bueno que era mi hermanito para trabajar y para los números, mientras ella repetía: "Je sais,  je le connais, cést mon mari" y feliz y orgullosa abrazaba a Pedro.

    No había sonreído tanto en meses.  Pero como todo, la estancia de mi familia llegó a su fin y tuvimos que despedirnos.  No quise acompañarlos a la capital, al aeropuerto.  Les expliqué que estaba cansado y que tenía varios pedidos atrasados, pero la realidad era otra; no quería revivir el viaje donde conocí a Ariadna.  No me sentía listo para eso.  Su ausencia, aunque podría parecer ya superada, me estaba doliendo más que nunca.   Ver a ese pequeñito y a Margueritte, me revoloteó la memoria y comencé a crear historias con Ariadna y mi propio hijo, que tarde o temprano me llevaban a la realidad y tenía que encorvarme para llorar profunda y desconsoladamente.  

    Necesitaba una actividad que me permitiera apaciguar mi memoria.  Hornear merengues también me  recordaba tanto a Ariadna que ya quería dedicarme a otra cosa, además las ventas en las dulcerías y tiendas habían descendido mucho en los últimos meses.  Sólo sobrevivía con las pocas ganancias porque me había quedado solo, lo que percibía ahora no me habría alcanzado para ser esposo y papá, si hubiera tenido la bendición de continuar siéndolo.  La tarea de pensar en algo nuevo se me hacía imposible  por mi situación emocional.  Mi mente estaba tan bloqueada que ni siquiera había logrado elegir un nombre especial para mi hijo.  En la lápida blanca de piedra sólo decía: 'Ariadna Domínguez de Ybarra y Bebé Ybarra Domínguez, descansen en paz.'; lamentable y vergonzosa descripción para lo más maravilloso y entrañable de mi vida.  Y así, desconsolado y sin aspiraciones relevantes sobrevivía todos los días.

    Creo que era martes, 15 de marzo, si no me falla la memoria, que en el periódico 'La voz de Puebla'; leí una noticia que me trajo algo de paz:  'Muere en Nueva York el licenciado Plutarco Benítez, después de un larga lucha con una enfermedad crónica...'.  Por fin, después de un largo tiempo de pensar y pensar y temer y preocuparme, pude descansar de la inquietud de que el asqueroso viejo, honorable juez de la suprema corte, volviera al país y se acordara de mí. Y creí que esta vez, ahora sí para siempre, Margarita y Leticia podrían dejar de esconderse, y que tal vez Darío podría reencontrarse con su hermanita después de ya tantos años.  Y en eso estaba meditando cuando inevitablemente pensé a Margarita feliz, tal vez casada con un tipo suertudo y talentoso que sabría amarla como ella necesitaba y merecía, en una hermosa ciudad o en un pueblito tranquilo, tal vez en Guanajuato o Querétaro; o quizás en el sureste, San Cristóbal o Tuxtla o en alguna ranchería cerca del mar de Veracruz; o regresando al enterarse de los recientes hechos a buscarme y saber si seguía esperándola.

       Y día a día, mi incertidumbre, tristeza y curiosidad se iban uniendo y me despertaban de madrugada para pensar en ir a buscarla para estar seguro que todo lo que habíamos vivido hacía ya algunos años había valido la pena, o tal vez sólo porque no soportaba la soledad y quería fijarme un objetivo que me sacara de mi deslucida y pesada rutina.  No sé muy bien por qué lo hice, pero una mañana fresca y lluviosa de abril, con una mochila al hombro y el poco dinero que tenía, por primera vez en mi vida salí de viaje sin saber mi destino, con el único objetivo de seguir las huellas de la primera mujer que amé y que necesitaba, con toda mi esperanza y mi desesperanza, volver a ver.






    

septiembre 20, 2023

Martes

 Por Abraham Ramírez


Él:

Desde agosto, si no me equivoco; desde agosto.   Después del 15, porque recuerdo que ese día había pasado a pagar la cuenta del internet y llegué 5 minutos tarde al trabajo.  Llevaba casi tres años trabajando en la oficina, con horario de las 9 en punto de la mañana, hasta las 5.  Ese era el horario utópico y acordado, pero la verdad era que solía salir hasta después de las 7, para no dejar pendientes ni dudas de mi compromiso con la empresa.  Después del 15, pero no recuerdo la fecha exacta.  Lo que sí es obvio es que era martes, tal vez 17 o tal vez 24.  Chela, la jefa de personal, llevaba ese día una blusa muy escotada y me insinuaba sus grandes frontales mientras me regañaba con coquetería por mi tardanza.  Yo seguí caminando hasta mi escritorio y no le hice mucho caso.

     Serían como las 11:00 a.m. cuando la vi por primera vez.  Salió del cubículo 7, usualmente desocupado, hablando no sé qué cosas con Chela y Marcos, el gerente.  Arreglada hermosamente con un vestido de corte vintage azul marino y unos zapatos rojos de correa al tobillo; con el cabello ondulado, hasta los hombros, enmarcando su rostro bonito de niña.  Me le quedé mirando perdido y ella, tal vez porque sintió mi vista, volteó hacia mí y yo no pude más que esbozar una tonta sonrisa nerviosa y bajar la mirada. Regresó sola a su cubículo y no volvió a salir de ahí hasta las 6 en punto.  Pasó en frente de mi cubículo y dijo `buenas tardes, hasta luego' y al levantar la vista para responder la cortesía me encontré de nuevo con sus ojos de caramelo y pude verla por fin en una toma más exacta.  Era la mujer más hermosa que hubiera visto.  Respondí con otro 'hasta luego' y sentí un vacío en el estómago y una tremenda ansiedad al verla oprimir el botón del ascensor (¿descensor?). 

     Al día siguiente, me desperté muy emocionado de saber que la vería de nuevo.  Me puse mi camisa más bonita, la que me hacía ver más delgado y guapo, desayuné ligero y salí antes de lo habitual para no tener que pedalear tan rápido y no llegar sudado o despeinado.  Serían como 8:50 cuando ya estaba instalado en mi cubículo con el computador prendido y fingiendo que no estaba mirando al recibidor cada 5 segundos.  Dieron las 9, las 10, las 11.  No llegó.  Tampoco el jueves, ni el viernes.  No quise preguntar por ella.  Pensé que tal vez era mejor, y así se me fueron el sábado y domingo.  El lunes fingí que no estaba emocionado y llegué a la hora de siempre.  Tampoco llegó.  

     El martes, ya habiendo perdido la esperanza, llegué sudado y despeinado a las 9:03 a.m., me metí a mi cubículo y encendí mi máquina.  Serían como las 11:30, creo, cuando sin esperarlo, sin prevenirme; con un vestido verde con florecitas pequeñas y el cabello recogido en una hermosa cola de caballo; llegó hasta mi cubículo para preguntarme algo de las claves de la red. No sé qué cara habré puesto.  No recuerdo ni qué le contesté, pero me dijo 'gracias, está linda tu oficina' y se fue.  Todo el día estuve pensando en un pretexto para ir a su cubículo a decir o preguntar algo, pero no me convenció nada y así a las 6 en punto, apagó su pc y tomó su bolso; caminó por el recibidor, dijo: 'hasta luego' y se fue de nuevo.  

     Han pasado ya dos meses y siete martes.  No he podido hablarle.  Sólo me quedo viéndola irse y me muero de ganas de aventarme por la ventana, para ponerme enfrente de su auto y decirle: no te vayas, estoy en agonía por no saber de ti, eres lo más interesante de mi mundo, por favor quédate o llévame a donde sea que vayas...


Ella:

Desde agosto.  Desde que comencé a ir a hacer auditorías a esa empresa. Cada martes sin excepción, me pongo lo más linda que puedo, a ver si por fin se anima y me habla, me invita un café o al cine.  Pero no. Me dan ganas de renunciar a mis otros clientes y pedir un trabajo de planta ahí, para verlo a diario; para que tenga más tiempo de conocerlo y decirle que me encanta su carita, me fascina que no hable ni sea como los demás, que amo que sea tan tierno y tan correcto.  Tan hermoso.  Amo los martes porque lo veo.  Odio los martes porque me despido y debo esperar otra semana para volver a ver sus ojos de perrito triste y me voy desesperada y gritándole mentalmente que me abrace.













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enero 25, 2023

Crónicas de un cuarentón (balada 3)

Por Abraham Ramírez Castillo 



El dicho dice: 'recordar es volver a vivir', pero bien podría decir 'es volver a morir'.  Al menos eso sentía al llegar al final de ese sube y baja que fue mi 1994.  Llevaba el corazón reptando por todos lados, después de que Mimí volvió a su pueblo natal a casarse con su novio, porque sí, mientras aquí, este chico de 17 años la consideraba lo más grande del universo, allá, en algún lugar del norte de México, había un tipo maduro y realizado esperándola para ofrecerle un futuro serio y seguro.  Su decisión fue la correcta y la sensata, pero eso no me quitó el dolor de sentirme abandonado y sin argumentos ante lo que yo creía entonces, había sido mi más grande amor.  Si hubiera adivinado lo que vendría después, en el inicio del siguiente año, me hubiera parecido un poco menos aniquilante el evento reciente.  Pero no, no hablaré aún de 'ella', porque sería contar páginas y páginas de años de obsesiones y amor y desencantos y amor y destrucción y amor y soledad.  Hoy quiero recordar un lugar perdido; ya también lejano, pero más tranquilo y lleno de dulce luz.  

     En el verano del 2002 decidí probar en la universidad pública de mi ciudad.  Era mi cuarto intento de estudiar una licenciatura, pero esta vez, en lugar de recurrir a las universidades privadas que tanto me habían frustrado, decidí aventurarme a lograr pasar el tan temido examen de admisión, y por fin re-cursar hasta terminar la licenciatura en Diseño Gráfico.  Estudié, pregunté lo que no sabía de la guía, sobre todo en las matemáticas, que siempre fueron mi coco, y por fin llegó el día.  Mi sede fue la facultad de medicina.  Ese día llegué muy temprano en mi golfito 89, me estacioné, oré por última vez y me metí a buscar el salón en el que haría la prueba.  Nos dieron las instrucciones y empezamos.  Llenar las planillas de respuestas era genial.  La verdad, aunque estaba muy nervioso, lo disfruté mucho.  El tiempo que tardaron en publicar los resultados se me hizo una eternidad, y constantemente me cuestionaba si había contestado bien o me había traicionado la mente sugiriéndome respuestas equivocadas a cosas que sí sabía.  Pero por fin, el día llegó.  Muy temprano fui a comprar el periódico para buscar lo que todos los examinados queríamos encontrar: nuestro nombre con una calificación suficiente para entrar a la licenciatura deseada.  Y sí, allí estaba mi nombre con un flamante 863 de 1000 al lado, que me hacía celebrar como si ya me estuviera titulando.  

     Fue el primer día de clases.  Me pudo haber tocado cualquiera de tres horarios: matutino, intermedio y vespertino, pero fue el primero, igual que a ella.  ¿Cómo deberíamos llamarle? Ariadna.  Hermoso para alguien tan genial.  Me senté en la tercera fila de mesas, y de repente la vi entrar.  Fue muy curioso, porque se me hizo demasiado parecida a Mimí; el cabello, las cejas, la complexión, el color de su piel.  Ella entró al salón y se sentó en una fila detrás, no estoy seguro de cuál, si la siguiente o la última.  La primera clase nos presentamos todos; yo estaba un tanto avergonzado por tener que decir mi edad, pues me sentía ya muy viejo para estar apenas empezando de nuevo.  Me sentía viejo entonces.  Una ridiculez comparado con cómo estoy ahora.  Pero lo interesante es que supe su nombre.  Tenía dos: el segundo era el mismo que el de 'ella', de quien no quiero hablar aún; y el primero, el mismo de mi novia de la secu.  Demasiado idílico y tormentoso para un enfermo terminal de necesidad de amar como lo era entonces.  

     Al siguiente día me senté en la última fila, no por ella, sino porque me sentía más cómodo ahí, menos observado.  Ella llegó un pelín más tarde y se sentó a mi lado.  Me dijo 'hola' y empezamos a platicar como si nos conociéramos de siempre.  Era hermosa; cada vez se me hacía menos parecida a Mimí.  Me hablaba con una seguridad y simpatía que me encantaba.  Me hacía preguntas acerca de mi edad, de mi familia, de mis trabajos y no creo equivocarme en decir que es la mejor conversadora que he conocido.  Su vida había sido tan distinta a la mía, pero se sentía tan familiar, tan cercana.  Nos hicimos excelentes amigos y buenos compañeros de clases.  Me he extendido demasiado ya ¿no es así? Y apenas estoy comenzando esta historia.  Por ahora terminaré diciendo esto: en una clase de diseño básico (que por cierto, me aburría un poco porque era mi cuarta vez cursándola), Ariadna y yo platicamos más de la cuenta, y la maestra (que también era hermosa) nos castigó:  Ariadna y yo debíamos preparar la siguiente clase, para darla ante el grupo: Forma, Interacción y Estructura; que para entonces ya dominaba bastante bien.  Así que Ariadna y yo nos pusimos de acuerdo para estudiar y preparar nuestra clase.  Ese fue el momento y el lugar ideal para nosotros.  Repasando, explicándole, haciendo láminas, leyendo a Wucius Wong.  Fue allí, desde su admiración por mis conocimientos y mi admiración por su brillo y genialidad que nació entre nosotros un cariño muy limpio y tierno; que aún me hace recordarla con genuino agradecimiento por haberse aparecido, en ese lugar, en esa forma y en ese momento decisivo de mi revoloteada, volátil y necia vida.

Continuará...










diciembre 14, 2022

Crónicas de un cuarentón (canción infantil locochona 1)

 Por Abraham Ramírez Castillo



En los ochentas, mi casa estaba rodeada casi totalmente de terrenos baldíos, y en ellos encontrábamos colecciones impresionantes de bichos: desde escarabajos tornasolados hasta grillos gigantes cara de niño; mariquitas rojas, verdes, naranjas y amarillas.  Ratas, ratones, lagartijas de distintos tamaños, caracoles, sapos, ranitas de colores, renacuajos, arañas enormes, mariposas y víboritas grises e inofensivas, a las que papá les decía 'víboras de agua'.  De vez en cuando, encontrábamos juguetes o cosas útiles, como botellas de ron y otras bebidas, de las que rompíamos las boquillas para sacarles las canicas.  Cuando salíamos a jugar por las tardes, después de hacer las tareas, era un poco como ir al campo.

     Las calles no estaban pavimentadas; eran una hermosa combinación de dunas desérticas, en época seca; y pantanos cenagosos en temporada de lluvias.  Podíamos saltar 'montañas de tierra' en bicicleta, o navegar con barcos pirata en ríos gigantes de agua encharcada.  Era muy divertido jugar con los niños de las casas cercanas.  Formábamos una pandilla bastante nutrida de traviesos y felices chamaquitos.  

     Es casi como si estuviera viéndolo mientras escribo.  Una tarde, que fácilmente éramos diez o más chavitos muy contentos jugando 'polis y ratas', vimos que, a unos veinte metros de nosotros, sobre la 28 norte; una camioneta datsun de la Wonder se detenía en uno de los baldíos.  El chofer se bajó con prisa, y del mismo modo abrió las puertas de la caja trasera.  De ahí, como en un concurso de Chabelo, comenzaron a caer, en una cascada de colores y sabores; twinkys de vainilla, twinkys de fresa, twinkys de chocolate, chocotorros y otros pastelitos que la marca Wonder producía entonces.  El chofer, que seguía muy apresurado, regresó a la cabina y de un arrancón se alejó y se perdió de vista.  Todos nosotros estábamos con los ojos muy abiertos y procesando lo sucedido.  En manada nos acercamos a ver, y alguno de los mayores recogió un paquetito, lo abrió, lo probó y dijo: ¡están re buenos!  De inmediato todos empezamos a recoger, abrir y comer.  Nos atrevimos, nos alocamos, nos llenamos y nos volvimos empresarios. Como ya habíamos abierto tantos, checamos que la fecha de caducidad aún no llegaba y sacamos una mesita para ofrecer nuestra dulce mercancía a los transeúntes y automovilistas que llegaban a pasar.  Vendimos bastantes.  Negocio redondo.  Cuando ya se hacía tarde, como sobraban todavía, empezó, y no me avergüenza decirlo; la más épica y genial batalla de pastelitos de la historia.  Aún recuerdo las corretizas.  Pastelazo por aquí, pastelazo por allá.  Twnky de chocolate en la cara, de fresa en la ropa, de vainilla en el cabello.  Una de las más memorables experiencias de nuestra infancia.

     A la mañana siguiente, cuando salimos muy temprano con papá hacia la escuela, todavía, mis hermanitos y yo, pudimos ver con orgullo los vestigios salvajes de nuestra gloriosa batalla.  Había pastelitos embarrados por todos lados y sin embargo, ninguno de los adultos pareció darse cuenta, nunca; de lo ocurrido esa esponjosa tarde.










diciembre 12, 2022

Entiendo

Por Abraham Ramírez Castillo 



Entiendo tu sol dejando mi cielo

mi mundo pintado en distinto color

ahora me vuelvo silencio sereno

canción de recuerdo, despojo de amor.




Crónicas de un cuarentón (balada 2)

Por Abraham Ramírez



En aquellos días, me sentí preparado para tener un nuevo amor.  Había salido ya de esa pesada depresión que me cubrió después de haber visto a mi hermosa novia de la secu besándose con otro sujeto, tras distanciarnos, sin yo quererlo ni entenderlo, en esas vacaciones de verano.  El transitar de grado y escuela siempre me molió; en cada uno de los casos: preescolar-primaria, primaria-secundaria y este más reciente; secundaria-bachillerato.  Los cambios me habían resultado terriblemente inciertos, y esa sensación de inseguridad me daba un agudo dolor de estómago todas las mañanas cuando me alistaba para ir al colegio. No quería ir a clases.  Mi papá se había ido de la casa por esos días y eso me tambaleó mucho más.  Como que en una secuencia, tan difícil para mí, de transformaciones; esta última había resultado terminal.  En consecuencia, dejé de asistir a clases y después de terminar el primer bimestre fui dado de baja del COBACH U-14, al que había ingresado con mucho esfuerzo y estudio; causándole a mamá otra pena más.

     En este período extraño me centré en las actividades en mi iglesia, en donde a pesar de no tener muchos años de asistir, ya tenía algunos amigos.  Una de ellas, Clara, se fue haciendo importante.  Era uno o dos años menor que yo.  Su cabello era negro, rizado y abundante y siempre olía a Palmolive Optims.  Su tez era morenita y suave, como de bebé.  Tenía unos ojos muy lindos y oscuros, cejas hermosas bien definidas, nariz recta y linda y tiernos labios color magenta.  Cada vez empezábamos a pasar más tiempo juntos y nos hacíamos amigos muy cercanos, sin duda nos gustábamos y compartíamos buenos momentos. Obviamente terminamos volviéndonos novios.  Clara me mandaba cartas perfumadas y decoradas con plumones de colores vibrantes.  Nos compartíamos cassettes con canciones cristianas y creo que, al menos al principio, nuestra relación parecía ir muy bien y me hacía sentir alegre y esperanzado.

     Es difícil recordar exactamente cómo, cuándo, o en cuánto tiempo echamos a perder todo.  En ese año 93, con las hormonas a tope y mucha soledad en casa, terminamos besándonos más de la cuenta, en piel más privada y con menos ropa.  Era inevitable para ambos ese afán de descubrimiento y caricias.  Me enloquecía el aroma de su boca que se esparcía por mis sentidos alterados, la cercanía de su vientre, el roce incesante de nuestras piernas ansiosas.  Pero a pesar de que nos propasamos de lo que creo era lo normal, no llegamos a más.  No sabíamos cómo, y creo que en realidad, no nos hacía falta; porque lo que habíamos hecho era ya demasiado y suficiente para un par de niños solitarios buscando cariño.

     Pero había más en Clara de lo que yo había percibido hasta entonces. Un secreto extraño.

     Una noche que esperábamos un taxi porque era hora de llevarla a casa, después de pasar la tarde juntos; Clara se empezó a sentir mal y se desmayó en plena calle.  Yo me asusté mucho y no supe qué hacer. Torpe e inmaduro, se me ocurrió llevarla a urgencias en el hospital universitario.  Allí nos recibieron y la metieron a un cuarto, mientras un doctor con anteojos de armazón metálico y poco pelo me hacía las preguntas de rutina: ¿Qué pasó?, ¿qué comió?, ¿tiene alguna enfermedad?, y otras que no recuerdo.  Yo seguía en shock y contestaba con dilación.  Al fin de cuentas, nos dijeron que no era nada, que quizás se le había bajado el azúcar o algo así, nos recetaron un par de medicinas y nos dejaron ir.  Lo bueno era que yo tenía algo de dinero ahorrado y pude pagar todo.  El doctor me dijo en privado y como con complicidad: Ten cuidado.  Como Clara dijo ya sentirse mejor, retomamos el camino y al fin llegamos a su casa, a horas muy pasadas de la hora de permiso.  Días después, con una llamada furtiva, me contó que le habían pegado sus abuelos, otra vez, que la habían regañado mucho y la habían corrido de la casa.

     Clara no tenía ninguna enfermedad, al menos en ese entonces.  Tampoco se había desmayado de verdad.  Soñaba, a su tierna y hermosa edad, por fin escapar de su casa.  Pensó que tal vez, si las cosas se hacían cada vez más problemáticas e íntimas entre nosotros, sus abuelos querrían casarla conmigo y ella podría venir a vivir en mi casa y por fin dejar atrás ese lugar que odiaba.  Fue difícil, pero yo no quería eso, no estaba listo.  Tenía todavía muchas dudas acerca de mi futuro académico y en general de todo.  Me hubiera gustado ser yo su héroe, quien la sacara de su realidad pesada, pero no lo hice.  No pude.  Aún ahora, después de casi treinta años, me pregunto si fue lo correcto.  Supongo que sí.  Solo resta decir que Clara y yo terminamos y ella pudo encontrar a un héroe diferente sólo un par de años después; mientras cursábamos el bachillerato.  Por fin se fue de casa de sus abuelos.  Espero que esté mejor ahora.  Que sus labios tiernos sonrían mucho y las memorias pesadas de la vida que no le gustaba se hayan diluido y convertido, poco a poco, en algo lindo de recordar.

mayo 20, 2020

Divergencia

Por Abraham Ramírez Castillo



El único sentido de esta calle 
lo anduve en reversa, diagonal y sube y baja...
Me marché, regresé, me superpuse
y resolví que nada es absoluto, sino el tiempo
sólo el recorrer sutil de las edades
y la decadencia pesada de mi cuerpo...

Tú, sin embargo, vas creciendo
sin envejecer ni un poco, ni un instante
tal vez porque el secreto insiste en recordarte
cada vez más plena, amante, sonriendo...
como fuiste antes de lograr matarme.






abril 16, 2020

Crónicas de un cuarentón (balada 1)

Por Abraham Ramírez




Veinticinco o veintiséis años atrás, creí que el tiempo era largo, lento e interminable.  Pensé que podía equivocarme las veces que quisiera, porque el mundo era mío, estaba a mi alcance y no necesitaba pedirle permiso a nadie para vivir con las decisiones mal tomadas que yo quisiera hacer.  En esos días, mientras estudiaba el bachillerato en un colegio cristiano, conocí a una chica 7 años mayor que yo, y sí, me enamoré perdidamente de ella.  Por ser cortés, le pondremos un nombre falso:  Mimí.

     Su cabello era oscuro y rizado, y brillaba como las olas del mar por la noche en el malecón de Veracruz.  Su piel era muy clarita, casi del color de los bombones de durazno y perfumada de cítricos primaverales.  Sus cejas eran muy pobladas pero perfectamente delineadas, y tenía unos ojos de color café muy claro, como del color del té de manzanilla, decorados con pestañas negras, grandes y chinitas.  Su nariz era ideal para darle besos, y sus labios como gajitos de toronja, más rojos que una pitaya lista para ser mordida.  De estatura más baja que la mía y un cuerpo delgado y curvilíneo, Mimí tenía todo lo que a mí me parecía perfecto, incluidos esos piecitos pálidos de empeine alto, que se curvaban para estilizarse con tanta gracia, cuando caminaba descalza por su departamento.

     Pero lejos de su físico tan exageradamente bonito, resultó que era aún más linda por dentro.  En poco tiempo nos volvimos buenos amigos y salíamos; a veces con otros amigos y a veces solos.  Cada vez que la escuchaba hablar me sentía el tipete de 16 o 17 (por no ser exacto en las fechas) más preciosamente afortunado del mundo.  Mimí se volvió el centro.  Todo giraba como siempre, pero ella era ahora, mi mayor prioridad.  Sentía que sus risas, sus palabras, sus movimientos, me habían sido robados de la cabeza, de mis sueños más privados, porque ¿cómo se podía explicar de otro modo la coincidencia tan exacta entre ella y mi musa soñada?  Era increíble llegar a mi casa, después de haber estado a su lado, y tirarme en la cama, con mi guitarra negra al lado (Ariana), y procesar que todo era real: A ella también le gustaba estar conmigo.  Me prefería.  Me quería.

     Nuestro primer beso fue el mejor primer beso de todos.  Después de un rato de estar platicando con amigos en su depa, me pidió que la acompañara a la tienda.  Bajamos las escaleras, eran dos o tres cuadras hasta la tiendita más cercana, y no queríamos regresar tan de prisa a la convivencia.  caminamos lento, nos rozábamos las manos muy despacito mientras braceábamos. Llegamos al fin, compramos, salimos de la tienda y de nuevo suavizamos los pasos, cada vez más.  Al llegar a la esquina de la casa, Mimí me tomó de la mano.  Nos detuvimos y me dijo que no quería subir tan rápido.  Después de platicar un rato y vernos con ojos grandes y brillosos, ambos nos dijimos, por fin, que nos gustábamos, era algo que ya no se podía negar y poquito a poco, en cámara lenta, nos acercamos.  Mi corazón se sentía agitado, pero no descontrolado, era algo que había esperado por mucho tiempo y amé cada centímetro de aproximación.  Tomados ya de las dos manos, por fin nuestros ojos se cerraron y los labios se tocaron, se acariciaron, se recorrieron. Se conocieron.  Fue glorioso también el separarnos un poco, abrir los ojos y verla ahí, cerquita; tan cerquita de mí.  Mis labios humedecidos con su saliva se sentían frescos con la caricia de la brisa de las 8 de la noche y así, debajo de la luz de esa lamparita de techo de la casa de la esquina, me entregué completamente a la verdad:  Mimí era la primera chica de la que me había enamorado.






octubre 09, 2019

Luis

Por Abraham Ramírez Castillo




En la desordenada mesa de dibujo, Luis, un pequeño maniquí articulado de madera, soñaba con poder expresarse.  Para un muñeco destinado sólo a fabricar posturas para ayudar a dibujantes inseguros, era muy difícil; pues tristemente, carecía de cara.  Su cabeza, tallada burdamente en una sola pieza de madera de pino del tamaño de una canica promedio, no tenía ni cejas, ni ojos, ni nariz ni boca.  Luis no podía comunicarse eficazmente con los demás objetos y juguetes del estudio, excepto, a veces, usando señas y toques.  Había intentado, varias veces ya, pintarse ojos y boca agarrando un lápiz, pero sus manos carentes de dedos, no le permitían sujetar muy bien los delgados objetos y no pasó nunca de pintarse alguna línea chueca en el cuello, el pecho o la frente.

     Una mañana airosa de octubre, cuando un soldadito articulado pasaba por la mesa, en misión de reconocimiento; Luis logró, a base de señas y pequeños gemidos guturales, convencerlo de que le dibujara una cara.  El soldado, por medio de un sofisticado sistema de radio, pidió la autorización correspondiente a su capitán.  Este, después de refunfuñar un rato y obviar los peligros de posponer misiones en la guerra, aceptó de mala gana y otorgó el permiso.  El soldadito escogió un lápiz 2B, según él, para que si el primer boceto no salía del todo bien, pudiera borrarse fácilmente.  Con seis trazos básicos, tiz, tiz, taz, taz, tuz, tuz; Luis, podía ver, oler, hablar y sonreír.  Incluso hacía gestos chistosos con las cejas curvadas que Lobo negro, el heroico comando militar y ahora dibujante, le había trazado.  Como funcionó, repintaron las líneas con plumón permanente.  Luis le agradeció muchísimo la amabilidad, y con un abrazo, le prometió su amistad incondicional y permanente.  Lobo negro le propuso que lo acompañara a hacer reconocimiento por toda la mesa para inventariar objetos útiles para hacer barricadas y armas; pues según el capitán, uno de sus contactos le había informado que los Playmobil piratas del cuarto de los niños estaban preparando un asalto sorpresa al estudio.  A Luis le divirtió mucho su aventura.

     Se hacía de noche.  Luis se estaba despidiendo ya de su nuevo mejor amigo, cuando sus ojos recién estrenados visualizaron algo que lo perturbó maravillosamente: A lo lejos, en la vitrina de la sala que se alcanzaba a ver desde allí, desde su propia mesa, la mujer más hermosa que hubiera visto jamás (de hecho la única), estaba mirándolo curiosa.

     Era una muñequita de anime con cabello largo y rojo, ojos grandes de color magenta, nariz respingada, labios frutales y hermoso cuello.  Hombros finísimos y bien curvados enmarcaban sus brazos perfectos y firmes; grandes pechos redondos sobresalían de su tórax, hipnotizando a cualquiera que se atreviera a ver hacia allí; tenía cintura y cadera de guitarra clásica bien tallada; piernas claras y ágiles como las ciervas de los bosques; pies preciosos y besables como bebés.  Luis quedó enamorado desde ese momento.  Se despidió de Lobo negro, que al parecer no entendía de mujeres, y se quedó mirando embelesado a la pelirroja.  Ésta, al saberse admirada, le hizo a Luis una seña triste, pero coqueta, para llamarlo.  El pequeño maniquí nunca había bajado de la mesa, y mucho menos salido del estudio; porque estaba anclado a un trozo pesado y circular de madera que le servía de base.  Pero un fuego poderoso, que parecía quemarlo por dentro, lo incitaba, fortalecía y convencía para hacer posible cualquier cosa.  Se apresuró a llegar a la orilla de la mesa; se lanzó al banquito dándose un buen porrazo, de ahí al piso con otro golpe.  Hizo aproximadamente 150 cansados saltos para cruzar el estudio y llegar al pie de la vitrina, en la que la ninfa estaba esperándolo.  Desplazarse brincando y llegar a un sitio era una cosa, pero abrir la vitrina y subir hasta el quinto piso era un problema de niveles titánicos para Luis.  ¿Cómo podría escalar sin dedos en las manos y anclado a una base?  Pero eso no importó.  El empoderado maniquí comenzó a trepar y trepar, se agarraba difícilmente de cualquier cosa con sus manitas lisas y sin dedos, resbalaba, se atoraba, volvía a intentarlo y caía de nuevo, estaba exhausto.  Al fin, después de tanto esfuerzo extremo llegó con ella.  Con esa mujer bonita y perfecta y majestuosa como los trazos del dibujante.

     Su nombre era Haruka.  Hablaron largo rato.  Cada vez que ella movía sus labios, pestañeaba, sonreía o respiraba; Luis quedaba más y más enamorado.  Sentía que no había nada más.  Sólo ella, sólo verla, conocerla, hacer lo imposible una y otra vez por ella.  Y así fue.  Haruka le pidió que la liberara, porque su deber era posar día y noche dentro de una pesada caja de vinil transparente y estaba muy cansada.  -Será muy lindo recorrer el mundo contigo- le dijo ella, -pero no puedo salir de aquí, por favor ayúdame.  Sobra aclarar que Luis no tenía ninguna duda en hacerlo.  Pero no pudo encontrar cómo abrir la puerta del prisma.  No pudo levantar ningún objeto para golpear y romper la prisión.  Así que decidió utilizar lo único que movía con fluidez: su cabeza.  Una y otra vez su cara se estrelló en la caja, pero no le hacía ningún rasguño, así que decidió golpear las aristas, las uniones de las paredes.  Cada doloroso golpe era como un hachazo en el tronco de un árbol.  Su cabeza se estrellaba astillándolo todo, y por supuesto, borrando su nueva cara.  Poco a poco todo su rostro se desprendió en pedacitos minúsculos de madera, pero eso no le impidió seguir haciéndolo todo por ella, dejó de oler y de ver, pero no de sentir ese poderoso amor que lo impulsaba.  De repente, una de las caras de la prisión hizo un rechinido y se separó de las otras.  Luis metió sus manos y comenzó a hacer palanca, a dar jalones, ella también empujó desde adentro y de repente, ¡plum! la pared cayó y la hermosa Haruka pudo salir.  Brincó de alegría, se estiró, se carcajeó, corrió de un lado a otro, bajó un piso de la vitrina, luego otro y otro, llegó al piso y se perdió de vista cuando dio la vuelta hacia la recámara del dibujante.  Luis; ciego, sordo y herido gravemente, se dejó caer al lado de la jaula transparente.  Arrepentido de haber tenido ojos, herido gravemente por fuera y totalmente muerto por dentro, lloró.