diciembre 19, 2025

Crónicas de un cuarentón (Réquiem No.1: Caídas)

 Por Abraham Ramírez



A principios del 2016, mi matrimonio estaba herido, de una forma tan profunda, que ambos lo mirábamos de lejos desangrarse y ya no tuvimos ni fuerza, ni ganas, ni argumentos para querer seguir estirando su agonía.  Mi enfermedad era ya más notoria, y el estado crítico de mi familia propia y las vueltas y vueltas que daba todo el tiempo mi cabeza buscando formas de aceptar todo y tratar que al menos mis niños no salieran heridos, no dejaban que pudiera encontrar un momento de paz para entender lo que mi cuerpo quería decirme, casi a gritos y desgarros.  

     Mi papá llevaba ya varios años luchando contra el mieloma múltiple, pero a finales del 2015, su estado empeoró de golpe cuando, en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, mientras ayudaba a mi mamá a cuidar a mi abuelita, un mosquito de dengue lo eligió, precisamente a él, para inocular su nociva carga de DENV.  Yo ya había visitado a un par de médicos internistas para que me dijeran qué era lo que me enfermaba, pero al no encontrar nada concreto para mi cansancio, adelgazamiento, dolor de músculos y de piel, taquicardia y ansiedad, se limitaban a invitarme a que hiciera más ejercicio y me recetaban vitaminas.  Era un decaimiento constante en todos los aspectos de mi vida y de verdad creí, que ese declive sería interminable.  

     En cierto modo, no estaba tan equivocado.  Sólo que ahora sé, que el estar en una caída constante es natural y no se debe buscar una solución, sólo aceptarlo y tratar de caer con gracia.   En ese año yo era aún muy lento para entender los designios divinos y me enojaba constantemente por mi incapacidad de aceptar las cosas graves y destructivas que me estaban sucediendo.  Ahora reconozco que mi falta de una más estricta autocrítica me hacía ver mi realidad como una mera víctima y me imposibilitaba aceptar que las emanantes y constantes situaciones adversas eran, muy a mi pesar, casi todas causadas por mí mismo.

     En marzo, debido a la severa neumonía que papá contrajo después de su caída precipitada de plaquetas por el dengue y la paliza que le suponían sus esquemas de quimioterapia, tuvimos que internarlo de nuevo, como en muchas otras ocasiones, para que se recuperara.  Casi siempre, después de dos o tres días de medicamentos y transfusiones, lo daban de alta y pasaba un tiempo en casa con mejor semblante, hasta que el cangrejo volvía a prensarlo y a dejarlo tan débil que había que repetirlo todo.  Ese día de marzo, sin embargo, todo fue diferente.  

     Mamá y yo acordamos qué día nos quedaríamos cada uno a cuidar a papá. Ella se quedó la primera noche y a mi me cedió la segunda.  Como todas las veces, él había firmado un documento que pedía al hospital no intubarlo en caso de que tuviera un paro respiratorio.  Constantemente nos decía que no tenía caso vivir así, que si llegaba su hora prefería descansar ya de todo, que por favor no permitiéramos que lo retuvieran en la agonía de manera indefinida.

     La noche del 17 me quedé con él.  Le costaba trabajo hablar por el estado de sus pulmones, así que no pudimos tener nuestras largas pláticas de hospital como las veces anteriores y mejor estuve leyéndole la Biblia un buen rato.  Elegí la carta que Pablo le escribió a los hebreos, donde explica claramente, la razón de que Jesús viniera y viviera como lo hizo, y como era claro que Él era el mesías prometido.  A lo largo de la noche, el sueño me tenía atrapado, al punto que me quedaba dormido por largos ratos y papá me despertaba como podía para pedirme algo: agua, el pato, lo que fuera; y yo, apenado me enderezaba y trataba de no volverme a dormir, pero de nuevo caía.  Se me hizo eterna la noche y ya quería que terminara para que dieran de alta a papá y regresáramos a casa.  Me sentía ya tan cansado y desesperado que una de tantas veces que papá me pidió algo lo regañé.  Cada vez que lo recuerdo se me quiebra el corazón y los ojos se me inundan.  "Ya papi, por fa déjame dormir"- le dije tontamente, seguramente con gesto de molestia, y él sólo movió las manos como para decirme: "Está bien hijo, ya no te pediré nada más".  De verdad no me pidió nada más.  Esa fue la última vez que le hablé y me escuchó. Me quedé dormido de nuevo, pero una angustia terrible me despertó de repente y fui a verlo, a tratar de escuchar su respiración, su corazón.  Nada, mi papito había muerto y lo último que le dije fue que por favor me dejara dormir.  Me sentía tan culpable y miserable que me costaba hablar, pero aún así tuve que explicarle al montón de médicos y practicantes que estaban de guardia y querían revivir a mi papá, que él no habría querido eso y les mostré el documento firmado por él, mientras me miraban incrédulos e indignados.  Aún así, tuve que llamar a mamá  y a mis hermanos y decirles, de la manera más suave, tranquila y clara posible, que habíamos perdido a papá.  Aún así tuve que empezar, junto a mi madre, una jornada casi eterna de trámites y trámites.  Aún así tuve que seguir viviendo.

Hoy, conociendo a papá, sé que me habría perdonado.  A mí me ha costado mucho perdonarme, aún tras entender que siempre intenté ser un hijo agradecido y presente y amoroso.  Que haya sido un hijo bueno o malo no puede decidirse por un solo error, aunque este haya sido el que cerrara todo, ¿o sí?.  

Mi enfermedad resultó ser una especie de mal autoinmune conocido como Graves-Basedow, que no se cura con ejercicio y vitaminas. 

En 2017 me tuvieron que dar yodo radiactivo, ahora tengo hipotiroidismo y sigo enfermo y sintiéndome mal, pero en formas distintas. Mis hijos sufrieron los estragos de la ruptura.

En 2018 por fin concluimos el eterno y horrible proceso de divorcio y mi ex por fin pudo ser feliz y se embarazó de otra persona.  Mis hijos sufrieron los estragos de la ruptura.  Yo encontré un nuevo amor.

En 2019 mi ojo derecho sufrió un accidente vascular y desde entonces lo tengo un poco chueco y también me extirparon la vesícula.  Mis hijos seguían sufriendo los estragos de la ruptura.

En 2020 me comprometí de nuevo, esta vez con una mejor conciencia de todo.  Mis hijos ya no sufrían tanto con la ruptura.

En 2021 fui papá de nuevo, de una hermosa bebé prematura, con una diagnóstico fatalista y desesperanzador, que sin embargo, porque Dios es así de incomprensible para mí,  hoy en día es una 'niña de cuatro años' plena y feliz. Su abuelito ya no la conoció ni vio que mis hijos crecían hermosos y ya no sufrían tanto los estragos de la ruptura. 

Y así, desde entonces, he seguido cayendo, pero ahora sé que caer no es el problema, porque en este mundo todo es imperfecto y propenso a la desgracia, y a veces, sin lógica, ya no caes solo, ya no caes triste, ya no caes desesperanzado, porque al fin y al cabo, la vida es una sucesión de etapas, que no pueden durar para siempre y no pueden siempre, ser malas.  



     



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