diciembre 14, 2025

Gabino (Parte 25)

Por Abraham Ramírez


La visita de Pedrito duró un par de semanas y debo reconocer que la convivencia con el pequeño Gabin me hizo sentir mucha paz.  Casi no hablaba español, pero sus ojos y su risa tan franca y clara expresaban todo.  Era un niño feliz y pleno, y Pedro; sin duda era un padre cariñoso y atento.  Margueritte, que curiosa y obviamente significa 'Margarita',  era un mujer muy seria y recatada, pero eso no le impedía ser amable y atenta con Pedro, con el niño y conmigo.  Los paseos al centro de la ciudad resultaban muy enriquecedores con ellos, y yo me permitía poner a un lado mi tristeza cada vez que Gabin me tomaba de la mano para que lo cargara y lo paseara por todos lados.  Lucrecia y Lucha nos acompañaron un par de veces, pero sus ocupaciones cotidianas no permitieron que disfrutaran tanto como yo a nuestros visitantes parisinos.  Juan salía a saludar cuando pasábamos cerca de 'Las quince letras' y Don Francisco, cada vez más viejecito, se llenaba de lágrimas al abrazar a Pedro y contarle a Margueritte lo bueno que era mi hermanito para trabajar y para los números, mientras ella repetía: "Je sais,  je le connais, cést mon mari" y feliz y orgullosa abrazaba a Pedro.

    No había sonreído tanto en meses.  Pero como todo, la estancia de mi familia llegó a su fin y tuvimos que despedirnos.  No quise acompañarlos a la capital, al aeropuerto.  Les expliqué que estaba cansado y que tenía varios pedidos atrasados, pero la realidad era otra; no quería revivir el viaje donde conocí a Ariadna.  No me sentía listo para eso.  Su ausencia, aunque podría parecer ya superada, me estaba doliendo más que nunca.   Ver a ese pequeñito y a Margueritte, me revoloteó la memoria y comencé a crear historias con Ariadna y mi propio hijo, que tarde o temprano me llevaban a la realidad y tenía que encorvarme para llorar profunda y desconsoladamente.  

    Necesitaba una actividad que me permitiera apaciguar mi memoria.  Hornear merengues también me  recordaba tanto a Ariadna que ya quería dedicarme a otra cosa, además las ventas en las dulcerías y tiendas habían descendido mucho en los últimos meses.  Sólo sobrevivía con las pocas ganancias porque me había quedado solo, lo que percibía ahora no me habría alcanzado para ser esposo y papá, si hubiera tenido la bendición de continuar siéndolo.  La tarea de pensar en algo nuevo se me hacía imposible  por mi situación emocional.  Mi mente estaba tan bloqueada que ni siquiera había logrado elegir un nombre especial para mi hijo.  En la lápida blanca de piedra sólo decía: 'Ariadna Domínguez de Ybarra y Bebé Ybarra Domínguez, descansen en paz.'; lamentable y vergonzosa descripción para lo más maravilloso y entrañable de mi vida.  Y así, desconsolado y sin aspiraciones relevantes sobrevivía todos los días.

    Creo que era martes, 15 de marzo, si no me falla la memoria, que en el periódico 'La voz de Puebla'; leí una noticia que me trajo algo de paz:  'Muere en Nueva York el licenciado Plutarco Benítez, después de un larga lucha con una enfermedad crónica...'.  Por fin, después de un largo tiempo de pensar y pensar y temer y preocuparme, pude descansar de la inquietud de que el asqueroso viejo, honorable juez de la suprema corte, volviera al país y se acordara de mí. Y creí que esta vez, ahora sí para siempre, Margarita y Leticia podrían dejar de esconderse, y que tal vez Darío podría reencontrarse con su hermanita después de ya tantos años.  Y en eso estaba meditando cuando inevitablemente pensé a Margarita feliz, tal vez casada con un tipo suertudo y talentoso que sabría amarla como ella necesitaba y merecía, en una hermosa ciudad o en un pueblito tranquilo, tal vez en Guanajuato o Querétaro; o quizás en el sureste, San Cristóbal o Tuxtla o en alguna ranchería cerca del mar de Veracruz; o regresando al enterarse de los recientes hechos a buscarme y saber si seguía esperándola.

       Y día a día, mi incertidumbre, tristeza y curiosidad se iban uniendo y me despertaban de madrugada para pensar en ir a buscarla para estar seguro que todo lo que habíamos vivido hacía ya algunos años había valido la pena, o tal vez sólo porque no soportaba la soledad y quería fijarme un objetivo que me sacara de mi deslucida y pesada rutina.  No sé muy bien por qué lo hice, pero una mañana fresca y lluviosa de abril, con una mochila al hombro y el poco dinero que tenía, por primera vez en mi vida salí de viaje sin saber mi destino, con el único objetivo de seguir las huellas de la primera mujer que amé y que necesitaba, con toda mi esperanza y mi desesperanza, volver a ver.






    

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