marzo 05, 2012

Gabino (Parte1)

Por Abraham Ramírez 


      Tal vez me olvide de algo, porque son tantas cosas y tiene tanto tiempo, que muchos recuerdos han muerto; se desvanecieron o cambiaron con los años.  Trataré, sin embargo, de darles una idea clara de todo, para que les sea aún entendible sin los detalles.  Soy el mayor de nueve hermanos.  Mis papás eran comerciantes de merengues, de eso vivimos mientras los viejos nos duraron y algún tiempo después.   Aprendimos el  negocio desde niños.  Recuerdo como mi mamá me decía: -Gabino, ¡ven a ver como bato los blanquillos! tú eres el mayor y tienes que aprender-  El proceso de los merengues era simple: que se baten los huevos, que se les pone el azúcar, que si el horno a cuántos grados, que si le pones una poquita de sal sabe mejor, que si a mi papá le gustaban doraditos por fuera y suavecitos por dentro, que si le pones jugo de limón saben más ricos; cosas que uno aprende de tanto ver, pero mi mamá siempre me lo repetía, cada vez que lo hacía, me lo repetía.  Mi papá era el que hacía las chambas pesadas, además de ser quien salía a vender.  Yo era, también en ese rubro, su aprendiz.  El pregón de un merenguero debe ser siempre alegre, aunque no se venda nada en todo el día.  Mi papá me lo enseñaba; con esa voz tan ajena, tan de merenguero y no de papá, no de mi papá.

     Casi no fuimos a la escuela.  Yo fui el que estudió menos, nada más hice el primero de primaria. No aprendí mucho en clases.  Aprendí más de los viejos.  Mis hermanitos, por orden de edades eran:  Juan, Lucha, Marcos, Jacinta, Lucrecia, Pedro, Susana y el 'xocoyotl': Ezequiel.  Todos ellos se quedaron entre el segundo y tercer año de la escuela y el primero y segundo de la casa, excepto Lucha que estudió hasta el cuarto.  Todos aprendimos, tarde o temprano; a hacer los merenguitos.  Hubiera sido lo ideal que todos fuéramos, cada quien con su charola, a vender nuestras golosinas por toda la ciudad; pero nunca alcanzó para que comiéramos todos, para pagar la renta, el médico de Susana que era muy enfermiza y encima para más charolas de merengues.  De plano, no; nunca alcanzó.

     Mis papás se querían mucho.  Papá siempre abrazaba a mi mamá y le decía cosas bonitas.  Mamá siempre nos contaba puros cuentos chinos de cómo mi papá, Don Gabino Hermenegildo Ybarra Luna,  la había enamorado con su voz.  Cantaba, según ella, como los ángeles del mismísimo cielo.  Mi viejo murió de diabetes dos años después de que naciera Ezequiel.  Yo apenas tenía 17.  Mi mamá nunca se repuso.  Lo siguió al año, murió de tristeza.  Nos quedamos solitos.  No teníamos otra familia, sólo conocíamos al hermano de mi papá, el tío Federico, pero de vista.  Don Gabino, mi padre; siempre dijo que no necesitábamos nada de ese 'mono fufurufo', aunque lo necesitó al final.

     Desde muy niños nos tuvimos que rascar con nuestras propias uñas.  Sabíamos todo lo que había de saberse en cuanto al negocio de los merengues, así que rescatamos, por decirlo de algún modo; el negocio familiar.  Yo me volví un tanto duro, pero era de entenderse también con la responsabilidad que me había caído de repente y sin pedirla.  Me habían heredado de golpe y porrazo 'la empresa merenguera' y una familia de nueve chamacos hambrientos, incluido yo.  Lo más difícil era lograr que el dinero alcanzara para la leche de Eze, que era todavía un bebé; a veces leche, a veces, agua y a veces agua otra vez.  Los demás agua, a veces.  Poco a poco se nos hizo llevadera la rutina:  Hacer los merengues, vender los más posibles, hacer las cuentas, apartar para los merengues del día siguiente y luego, con lo que sobrara, desayunarnos; ya como a las 6 de la tarde.  Eze y Susana eran los únicos que comían algo antes de salir a vender.  Curiosamente fueron los primeros que se me fueron.  Susanita murió de esa enfermedad que no la dejaba en paz, pobrecita, siempre andaba amolada.  Toda guanguita, fofa.  No era feliz nunca.  Una mañana ya no abrió sus ojitos ámbar, era la única que tenía los ojos de mi madre.  La enterramos en el campo, saliendo de la ciudad, porque no había como pagar un entierro en el panteón, y todo el mundo nos ignoraba, así que ni cuenta se dieron.  A los viejos les pagó su nichito el tío Federico, pero ya no lo volvimos a ver después de la muerte de mi mamá.  A Eze me lo mató un camión.  Yo le dije muchas veces que no me soltara la mano, que me agarrara bien fuerte, pero un día caluroso me paré a despachar unos merengues y el muy canijo se fue corriendo tras un gato negriblanco  y se atravesó la calle ancha y transitada.  Al gato no le pasó nada, pero mi hermanito quedó ahí, inerte.  Era tan bueno el chiquito ese.

     Yo ya tenía 22 años.  Estaba alto, no como ahora, era alto y delgado; pero también ¿de dónde iba a poder engordar algo?  Un día que caminaba con Pedrillo y mi charola, ya de regreso a la casa; pasamos por una imprenta donde pedían ayudante general y ofrecían buen sueldo, en aquel tiempo las imprentas eran pocas, no como ahora, y se necesitaban muchas personas para poder sacar la chamba.  A mí se me hizo un buen chance para tener algo más de dinero.  Podía, hacer los merengues tempranito, formar los escuadrones de ventas con mis hermanos y después irme a trabajar, yo solito iba a ganar más dinero que todos mis hermanitos juntos.  Me emocioné mucho.  Soñé.  A la mañana siguiente me levanté de madrugada y comencé a hacer mis merengues.  ¡Cómo pensaba en mamá diciéndome mil veces todos los pasos de la receta!  En fin, cuando estuvieron listos todos los merengues formé los grupos y los mandé a trabajar.  Todos en ayunas iban mis soldados a la guerra.  Se me salían las lágrimas.  Me apuré a limpiarme las huellas de la merenguiza y me fui a pedir mi trabajo soñado. Que ¿qué trabajo tendría que hacer en la imprenta? pues no tenía idea, pero qué podría ser más difícil que ser el jefe de mi familia.



1 comentario:

  1. agridulce me gusta!!! igual que un merengue pero no de color rosa

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