Por Abraham Ramírez
Sorbito a sorbito nos terminamos el café. Yo me llené la taza de nuevo, pero ella no quiso más. Me contó, a grandes rasgos y con no muchos detalles su situación. Como tenía la carita de cansada, porque la angustia cansa; le ofrecí llevarla a la que sería su habitación. Antes de cerrar la puerta, le dije que no se preocupara más, que en nuestra casa estábamos acostumbrados a sobreponernos de las pérdidas y no habría prisa ni tiempo definido para que estuviera allí, que era bienvenida sin agendas ni horarios. Me tomó las manos y las apretó; me dijo 'gracias' y cerró la puerta. Yo estaba tan cansado que me quedé dormido en cuanto me acosté en mi catre. Dormí tan rico después de esa caminata con lluvia que me desperté más tarde de lo común, motivado totalmente por el ruido de Lucrecia y Ariadna haciendo los merengues. Estaban riéndose y trabajaban encantadas de la vida. Me dio gusto ver a Lucrecia contenta, porque como siempre estaba sola y yo la veía muy poco, se me había olvidado que tenía la misma sonrisa de nuestra madre; una sonrisa tan franca y bien dibujada, tan buena.
Como entendí que ya se habían hecho buenas amigas, me limité a explicarle a Lucrecia que nuestra invitada estaría con nosotros el tiempo que fuera necesario para ella. Lucrecia estuvo de acuerdo y con sonrisas y charla, entre los tres terminamos de hornear los merengues y nos hicimos un desayuno, calientito, abundante y tranquilo. Ese día terminó en paz y se repitió por semanas. La casa volvió a parecer un ser vivo. Pasaron los meses y Ariadna parecía estar muy bien... casi siempre. A veces, por la noche, escuchaba su llanto de niña, ahogado contra la almohada, pretendiendo no ser descubierto. Era obvio que su dolor no se esfumaría tan rápido, pero yo tenía la esperanza de que, de algún modo, sus noches tristes se fueran para siempre.
Una mañanita azul, después de hacer los merengues yo solo, porque no pude dormir muy bien y madrugué; me llevé a Ariadna a desayunar a un parque. Hicimos tortas de galantina y una jarrita de café. A Lucrecia le tocaba llevar un pedido de merengues al centro, así que aprovecharía para desayunar con Lucha y sus amigas en la tortería. Caminamos hasta el parque de 'los Remedios', nos sentamos en una banca y desenvolvimos nuestro almuerzo. El efecto relajante del lugar me hizo tener valor de hablarle de su llanto.
-Ariadna, me preocupa escucharte llorar en las noches. Yo sé que estás deprimida, pero al verte sobreponerte tan valientemente en este tiempo que has pasado con nosotros, me he hecho a la idea de que eres una mujer muy fuerte, así que me inquieta imaginar que hay algo más que no nos has contado. No me malinterpretes, no tienes que decirnos todo, pero como ya te considero parte de la familia me gustaría hacer lo que más se pueda por ti.
-Gabino, tú eres una persona increíble. Eres bueno. No sabes cómo te agradezco todo lo que haces por mí. Tienes razón, hay algo más. Yo estaba a punto de casarme. Gabriel, mi novio, me dejó plantada en el altar por irse con una mujer casada. Esa mujer es mi prima. Cada vez que lo pienso me duele el corazón, siento que me parto. Y no es todo. Mi prima y Gabriel viven aquí, en casa de mi abuela. Lo sé porque hace unas semanas fui a rondar la casa, tratando de atreverme a tocar la puerta y a unos metros los vi y ellos ni se fijaron. No sé, me siento tan despojada de todo. Mi familia, mi vida... Me duele mucho. Me da rabia, me da... -lloró de nuevo y sus lágrimas se volvieron a derramar como cascadas interminables. Yo no dije nada, sólo la abracé.
Esa noche fue triste de nuevo para Ariadna. También la siguiente. Pero en el día parecía muy plena, supongo que era tan fuerte que podía aparentar estar bien con el único motivo de no preocuparnos, de no ser un carga. Para distraerla un poco comencé a llevármela a los parques por las tardes. Le enseñé mi mundo, le conté mis historias y la hice contarme las suyas. Resultó ser una graciosa inventora de teorías. La llevé también a la biblioteca. Leímos juntos a Julio Verne y Edgar Allan Poe. Supongo que de algo debió ayudar, porque se fueron, de a poquito, las noches de llanto.
Una tarde nubladita que caminábamos por el centro, Ariadna me dijo: 'Gabino, cierra los ojos y déjame llevarte'. Yo obedecí sin dudar y me dejé guiar de la mano como un niño. Me repetía una y otra vez que no viera y yo le prometía que veía lo mismo que un murciélago encerrado en una cueva. Aunque no hice trampa, noté que entrábamos a un iglesia, por la acústica tan reverberada y porque tuve que levantar mucho los pies al entrar para no caerme. Comenzamos a subir escalones, demasiados. Yo me estaba desesperando, quería abrir los ojos ya y de una buena vez descubrir a dónde estábamos y qué haríamos. Nos detuvimos por fin y mi linda guía me dijo: 'ya puedes abrir los ojos'. Estábamos en una torre de la catedral. Las campanas brillaban con la luz del ocaso y el cielo se despojaba de algunas nubes para dejarnos ver el sol anaranjado esconderse detrás de las montañas lejanas y cederle su paso a la noche lluviosa.
-Gabino, te traje a este lugar porque desde aquí podemos ver más gente y hacer historias, pero también, porque quiero decirte que nunca había conocido a alguien como tú. Las cosas que haces, lo que eres, lo que contagias. Desde que te vi en el autobús me di cuenta de que eres diferente. Eres una persona encantadora, y yo, no sé, no quiero que pienses mal de mí, pero me gusta estar contigo, me haces tanto bien que quisiera que me vieras como algo más. Gabino ¿quieres ser mi novio?

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